viernes, 20 de mayo de 2011

Todo cambió.

No nos podemos olvidar que los niños y nosotros los jóvenes, así como tenemos derechos, también tenemos responsabilidades, obligaciones, deberes, que tenemos que cumplir con nuestros padres, así como ellos tienen que preocuparse por nuestras necesidades como la alimentación, la casa, la salud, la educación, la vestimenta, el afecto, en resumen, atenciones que logren formar en nosotros a adultos con los valores necesarios para contribuir a la sociedad.
Sin embargo, cuando los niños tienen padres que entre ellos no se comprenden, pelean, la mayor de las veces en frente de los hijos y cuando los niños intentan hablar con ellos, para pedirles algo o preguntarles cualquier cosa ellos responden mal, gritando, tiran puertas, se encierran en su cuarto todo el día y en casa hay un terrible desconcierto, un sensación de angustia, de miedo, y finalmente un sentimiento de que los chicos son los culpables de esas discusiones.
Desafortunadamente, los padres no son capaces advertir el irreversible daño que pueden ocasionar a su descendencia, falta de estabilidad emocional, inseguridad en tomar decisiones, timidez, pavor al tratar de defender sus puntos de vista.
Era diciembre del 2007, me encontraba cenando en un restaurante con mis papas y mi hermano, cuando mis padres empezaron a gritarse sobre un anuncio que tenían que darnos, seguido de expresiones asquientas, fuera de lugar, intolerable de escuchar para un menor,  nos dijeron, a mi hermano y a mí, que nos mirábamos desconcertados, que sencillamente, ya no seriamos más una familia, nosotros les preguntamos a que se referían, ¿qué querían decirnos exactamente? Y la simple respuesta retumbó en nuestros oídos cuando dijeron: nos vamos a separar. No pude contener las lágrimas, no sabía exactamente que iba a pasar, dónde iba a vivir, si con mi mamá o con mi papá o si existía alguna persona nueva en las vidas de ellos, me atormentaba la idea de tener una madrastra o un padrastro, un nuevo hermano, cambiar mi dirección, esto significaría perder la casa, mi cuarto y mis cosas, por decidir con quién voy a vivir, en sólo unos segundos cambió mi mundo.
La impotencia y la frustración de no poder a ser nada me llevo a tomar la decisión de retirarme del restaurante y dejarlos, cuando llegué a mi casa me eché en mi cama y subí el volumen de la radio al máximo, no sé a qué hora llegaron mis padres, porque me quedé dormido, a pesar del ruido de la radio; al día siguiente bajé a la cocina y para mi sorpresa las maletas de mi papá ya estaban hechas. Me resigné a decirle un simple adiós. Desde ese día mi vida cambio completamente, las pocas risas que habían desaparecieron, venía la familia de mi mamá más seguido a la casa, mi hermano se encerró en su universo y no hablaba con nadie, yo simplemente no entendía como mi mamá podía estar como si nada hubiera pasado.
Es cierto, las peleas, los gritos y los llantos eran tan rutinarios como almorzar, que tanto mis hermanos, yo,  y hasta la empleada nos teníamos que tragar diariamente. Pero al final estábamos juntos, nos extrañábamos.
Ahora han pasado tres años, me he dado cuenta de cómo un golpe tan fuerte te puede hacer madurar tan rápido y gracias a la ayuda de una psicóloga comprendí que yo no era el culpable y que los únicos responsables eran ellos dos y aprendí algo muy importante, la pareja se escoge y los hijos y los padres, no. Es verdad que el respeto es muy importante en una relación, que el amor no son sólo palabras sino también hechos, que involucran la compresión, la comunicación, la complicidad, el cariño y la paciencia, cuando esto se acaba, perdón, no es que se acabe, en verdad nunca existió, así como el amor.
En conclusión, dentro de la desgracia, estas experiencias, son las que forman la personalidad, el carácter, saber afrontar las cosas por difíciles o imposibles que parezcan: Es simplemente pararse y seguir adelante, he llegado a entender algo que me ha servido para madurar, crecer y valorarme mucho más, a veces los cambios, aunque al principio no aparente, son para bien y siempre es mejor alejarte de las circunstancias que te hacen daño.

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